Unidad 2 – Ética de Paz en la Era Contemporánea y Digital

Criterios de aprendizaje
  • Saber - Saber: define el periodismo como cuarto poder, para dar claridad sobre la función que cumple como contrapoder que garantiza el ejercicio democrático de las audiencias, convirtiéndose en configurador de realidades sociales.
  • Saber - Hacer: proyecta el sentido de la práctica periodística, en la era digital, para delimitar los riesgos del ejercicio profesional en una era de consumo que somete a los receptores de la información al rol de consumidores.
  • Saber - Ser: contempla los riesgos del periodismo en la era digital para elaborar una reflexión ética que le permita valorar las metas internas de la profesión que conducen al respeto de la dignidad humana.
  • Saber - Convivir: experimenta el sentido de la práctica profesional de la Comunicación y el Periodismo de Paz  como servicio a una sociedad que se configura en torno al derecho a la información y la libertad de prensa y, que, a su vez, requiere cambios sociales que garanticen la justicia y el empoderamiento ciudadanos.
Contenidos
Problematización
Mapa Conceptual

Orientaciones para el estudio

A través del contenido de la unidad, podrá consultar los enlaces de acceso, videos y bases de datos académicas, que le permitirán una mayor aprehensión de los contenidos dispuestos para el desarrollo de las temáticas expuestas, así como la reflexión, el análisis y la posterior discusión para efectos de su aprendizaje.

Video 6. ­Apertura de la Unidad

 

1. El contrapoder del Periodismo como garantía del espacio público y político de la acción ciudadana

El espacio público, el ágora al que hacía referencia Bauman en su obra En busca de la política (2001), es el lugar en el que convergen los asuntos privados de los individuos que, a partir de inquietudes particulares y singulares, toman la forma de asuntos públicos con la finalidad de “buscar palancas que colectivamente aplicadas, resulten suficientemente poderosas como para elevar a los individuos de sus desdichas individuales; el espacio donde pueden nacer y cobrar forma ideas tales como el ‘bien público’, la ‘sociedad justa’, o los ‘valores comunes’”. (Bauman, 2001, p. 11).

Sin embargo, es necesario aclarar que el espacio público, en el que se debaten y resignifican los grandes acontecimientos que se escriben en la enciclopedia de la historia de la humanidad, ha tenido como protagonista, no a la ciudadanía en general, sino a una pequeña porción de esta, que se ha encargado de limitar la participación democrática de los hombres libres; aquellos que han tomado posesión del espacio que es de todos y lo “gobiernan” olvidando su carácter de representantes que les fue otorgado gracias al poder democrático que emana del soberano: el pueblo. De ahí que la reflexión ética dedique sus esfuerzos al reconocimiento de ese espacio público al que las mayorías deben retornar para garantizar el ejercicio de la sana democracia y la participación y representación que de ella se predica.

La difícil tarea de reconfigurar el espacio público “para todos” se da en medio de un escenario en el que los tres grandes poderes públicos (ejecutivo, legislativo y judicial) asumen la tarea de dirigirlo, ordenarlo y regularlo. Sin embargo, Adela Cortina, en su libro Hasta un pueblo de demonios (1998), nos recuerda que en el espacio público confluyen además de los tres poderes públicos, cuatro actividades sociales entre las que se encuentran los grupos económicos, la opinión pública, las asociaciones cívicas y las actividades profesionales. Estas actividades, que se desarrollan en el espacio público, no gozan del reconocimiento de las mayorías en este ámbito, puesto que estas han delegado aquel escenario tan solo a las tres ramas del poder público.

La opinión pública corresponde a la consciencia social que se alcanza a partir del uso público de la razón, que busca el cumplimiento de las expectativas y necesidades de la ciudadanía en general, dejando de lado las motivaciones personales. La opinión pública actúa ejerciendo el control social sobre las acciones que emprenden los poderes públicos y las actividades públicas, garantizando la prevalencia de los intereses generales por encima de los particulares. Es necesario reconocer que la opinión pública se convierte en la expresión de una razón diligente que se hace cada vez más crítica en la medida en que está mejor informada. Es así como la actividad periodística cumple un papel fundamental en la medida en que ofrece los medios necesarios para nutrir y fortalecer a los receptores de la información que se hacen cada vez más críticos y mejor informados.

El periodismo emerge como el cuarto poder dentro del espacio público, en el que la práctica del periodismo se convierte en garante de la democracia, en la medida en que acompaña el ejercicio de la opinión pública crítica, producto de la razón autónoma y diligente que cuestiona, indaga y no se compromete con ideología alguna. La esencia, el deber ser del cuarto poder, lo erige como el contrapoder frente a los demás poderes públicos. Este video servirá para aclarar la figura del contrapoder del periodismo en escenarios democráticos:

Vídeo 7. El periodismo debe ser un contrapoder Daniel Coronell

Fuente: En las mañanas con uno. (2016, 8 de julio). El periodismo debe ser un contrapoder Daniel Coronell. [Video]: https://www.youtube.com/watch?v=HIpPPLHSsrI&feature=emb_logo

Sin embargo, la figura del contrapoder se ha visto cuestionada, en nuestros días, por la carencia de confianza y credibilidad de las audiencias que, si bien no denuncian su falta de legitimidad como garante de las democracias, sí ven en este la encarnación del voyerismo, la falta de respeto y de distancia frente al otro y su condición de fragilidad y vulnerabilidad; excesos que convierten la vida privada en un escenario público en el que convergen audiencias cada vez menos informadas pero más escandalizadas, que aumentan los flujos de rating, escenarios convertidos en verdaderas tribunas de la vida privada que alientan la sociedad del espectáculo, en la que prima el escándalo por encima del bien público al que debería dedicar su labor.

Al no cuestionar el poder legítimo del contrapoder, las audiencias demuestran la ausencia de contexto y veracidad de la información que reciben, siendo cada vez menos ilustradas. El poder en crecimiento de los medios ha hecho posible no solo transformar la información, sino trastocarla, hasta el punto de modificar la representación del mundo que tienen los receptores de esta, lo que les impide tener control racional que les permita diferenciar la noticia verdadera de la falsa o el distanciamiento de los hechos para su mejor comprensión; se concentran, más bien, en el sensacionalismo que supera la necesidad de reconocer la realidad de los hechos.

Es así, como el espacio público del que surge la vida moral de los hombres llama al medio periodístico a una ética de la responsabilidad, en la medida en que la dignidad humana ha dejado de ser el valor fundamental del reconocimiento que nos debemos los unos a los otros; pérdida que se afianza en la medida en que el periodismo abandona el escenario público como contrapoder. Se ha dejado atrás la razón de ser que legitima el periodismo (audiencias bien informadas) para dar paso a un escenario más complejo en el que la ética demanda una verdadera transformación, teniendo en cuenta que la era digital impone nuevos retos que reclaman del periodismo el retorno al espacio de lo público, que tiende a desaparecer con las nuevas formas de poder y de flujos de información, que han surgido como resultado de la revolución técnico científica, producto de la globalización del mercado de la información y la comunicación.

 2. Ética periodística en la era digital

El discurso ético enfrenta, en la modernidad, diversos desafíos que surgen ante la incertidumbre de un mundo que recibió con euforia y beneplácito los avances científicos y tecnológicos que abrirían una nueva era a la humanidad.  A mediados del siglo pasado, con la irrupción de la edad electrónica (1942) y la edad de la información y las comunicaciones (1972), se da inicio a una era en la que el hombre concibe estos grandes avances en ciencia y tecnología como aquella promesa que permitiría mejorar la calidad de vida de la especie, procurando el bienestar general que sería posible de la mano del mundo científico que, al parecer, traía consigo la clave de la vida y su permanencia en este mundo.

Sin embargo, el mundo artificial que el hombre fabricaría gracias al desarrollo de la capacidad técnica y científica que mejoraba día tras día, fue incrementando su poder a tal punto que desencadenó una serie de excesos que, a su vez, despertaron en diferentes sectores de la humanidad una gran preocupación por los resultados que visiblemente afectan no solo la vida de la especie humana, sino la vida orgánica del planeta. Los peligros que se advierten, desde entonces, han sido ampliamente documentados y difundidos por diversos conocedores y académicos ambientales, ecologistas, antropólogos, sociólogos y humanistas, que advierten el peligro de aquel poder que detentan los proyectos científicos y tecnológicos que han abierto la compuerta a la era de la digitalización.

Aún con todo lo que entraña el peligro mencionado, podría señalarse que las ventajas que proporciona la ciencia han sido de mayor relevancia que los grandes riesgos que hoy se ciernen sobre la humanidad, aunque estos anticipan la llegada de nuevos riesgos y peligros que amenazan la estabilidad de las organizaciones sociales humanas y la posibilidad de establecer los cimientos, para una humanidad que se conduzca de acuerdo a los principios racionales universales, en particular, el de la dignidad humana. Si bien no se pretende obtener un resultado final y acabado, porque de los asuntos humanos no podemos dar resultados como los que ofrecen las ciencias aplicadas, la tarea que nos compete desde el punto de vista ético, es buscar la comprensión de los complejos mecanismos de lo social, de modo que podamos tener mayor claridad sobre la marcha que la humanidad ha emprendido al elegir el camino de la técnica y sobre la posibilidad real que tenemos de trazar una ruta que nos permita mitigar los impactos que el desarrollo científico conlleva para la vida de la humanidad y del planeta en general.

Cuando Arendt (2007) hacía alusión a la era técnico-científica en su teoría de La condición humana, reconocía no sólo los grandes dilemas que se conciben al interior del discurso científico, sino que también le recordaba al ser humano que la quintaesencia de la vida, el lugar del que parte toda forma de vida orgánica, es el planeta tierra, aquel del que, al parecer, el hombre busca una salida, como si las condiciones de su existencia no estuvieran ancladas a este lugar; un planeta que por su naturaleza ofrece todo aquello de lo que ha dispuesto el hombre (incluso, más allá de sus propios límites) y sin el cual la vida no podría concebirse tal y como la conocemos.

Parafraseando a Arendt, es posible reconocer el valor del resultado de la ciencia en la medida en que se puede articular, junto a su desarrollo, un discurso político capaz de dar cuenta de los resultados de los avances en tecnología. A la ciencia no le corresponde el análisis del empleo de sus resultados, ni de la manera como se dispone de estos conocimientos; esta tarea le corresponde al discurso político, que es propiamente el que articula los resultados de la ciencia con lo que las personas esperan de ella, es decir, la conveniencia de su aplicabilidad, los límites éticos que se deben imponer a su práctica y, por supuesto, el análisis de los resultados que deben siempre tener en cuenta que cualquier conocimiento debe, por encima de su discurso, beneficiar a la humanidad, si bien no a la totalidad, sí a la gran mayoría.

La pertinencia en el análisis de los resultados del avance técnico-científico ha sido, desde el inicio, una obligación de primer orden del discurso político. Por esta razón, no es posible culpar del todo a la ciencia por sus resultados, puesto que el control y la regulación de los mismos debe venir de la mano del discurso político, aquel que debe ser respetuoso del espacio público como el lugar en el que convergen los asuntos humanos que deben ser de interés general y que sólo adquieren legitimidad en la medida en que son conocidos, discutidos y consensuados entre las mayorías.

Si bien los reparos que se dan respecto al avance científico y tecnológico, se producen en medio de demandas éticas que exigen una respuesta a los grandes problemas que la humanidad enfrenta en el campo de la biomédica, del cuidado del medio ambiente, de la crisis institucional planetaria, del crecimiento de las organizaciones y de las empresas; algo diferente ocurre con la libertad de prensa, puesto que su ejercicio - como garante de la democracia y de la ciudadanía- demanda una exigencia ética diferente a la del resto de las obligaciones colectivas en mención.

La reflexión ética que corresponde a la libertad de prensa y la manera como la prensa se desempeña en la era digital, en razón a la naturaleza de su ser, se aparta de la posibilidad de que el discurso político tenga potestad para establecer los límites a la profesión periodística, como ocurre con el resto de los ámbitos que condicionan la vida de los seres humanos.

La política y el poder público no pueden establecer límites a la prensa, puesto que pondrían en grave peligro el ejercicio de una profesión que, por su naturaleza, no puede ser limitada por ninguno de los poderes ante los cuales actúa como contrapoder, pues ello implicaría la destrucción de los cimientos que hacen posible su función social.

No obstante, la demanda ética acerca de unos valores en los cuales se fundamenta la práctica periodística es un imperativo de nuestra época, debido al incremento del poder de las organizaciones que detentan el manejo de los media.  A mayor incremento del poder de las organizaciones, mayor es la movilización de la conciencia de los individuos que exigen de los medios mayor claridad sobre la información, que adquiere día a día la imagen de una mercancía, es decir, un producto disponible para ser consumido. La sociedad de consumo ha permeado la práctica del periodismo a tal punto que se privilegia el flujo masivo de información sin ningún tipo de filtro o mediación y, particularmente, el influjo de la imagen, que ha desplazado de sus receptores al homo sapiens para impulsar la prevalencia del homo videns. 

En el medio digital, una buena parte de la información se produce sin la mediación de los periodistas profesionales o de oficio, a quienes Byung Chul Han (2014) llama “sacerdotes de la información” y hacedores de la opinión, que se hacen superfluos y anacrónicos en la medida en que la información se produce y distribuye a través de diversos canales en los que las audiencias actúan, simultáneamente como emisores y receptores, sin la mediación del profesional del periodismo. El video que se muestra a continuación, permite analizar algunos riesgos a los que se enfrenta el periodista en el escenario digital.

Vídeo 8. Los desafíos del periodismo en la era digital

Fuente: Canal TEDx Talks. (2018, 17 de febrero). Los desafios del periodismo en la era digital/Diego Cazar/TEDxUHemisferios. [Video]: https://www.youtube.com/watch?v=7IdpuTqD6O8&feature=emb_logo

A pesar de todo esto, cabe resaltar que el poder de las organizaciones que detentan el manejo de los media no caduca; por el contrario, estas fortalecen su participación lejos del espacio público: allí donde los grandes temas de discusión y de interés general se debatían y confrontaban con las ramas del poder público, a las que se les señalaba desde el tribunal de la democracia las responsabilidades que debían ser atendidas en favor de la justicia que, en últimas, es el mayor de los bienes públicos.

El periodismo, en la era digital, demanda mayor responsabilidad de los medios en la medida en que la exigencia de mayor libertad, a su vez, compromete la vigilancia de los deberes de autodeterminación y limitación de la libertad de prensa que, aunque termina siendo el mejor escenario en el que los medios se hacen, incluso, publicidad a sí mismos, es el único lugar a partir del cual pueden retomar la legitimidad que reviste su función pública para fortalecerla a partir de la observación de una ética deontológica y de unos límites establecidos al interior de la práctica del periodismo.

3. Formas de legitimación de la violencia, los discursos de odio y el desafío de la información engañosa y falsa en el medio digital

En la medida en que los media y el creciente influjo de la información avanza en la sociedad moderna, se podría pensar que nunca antes el ser humano había estado más expuesto a niveles de formación y de ilustración tan privilegiados, porque, al parecer, se encuentran al servicio de la humanidad en su totalidad. Sin embargo, la individualización ha alcanzado una mayor visibilidad, en la medida en que el ser humano ha dejado de sentirse obligado por unos deberes colectivos, dando paso a la edad de las libertades que lo sobrepasan, de tal forma que no encuentra límites a su accionar. La invitación permanente es a consumir y consumir todo lo que más pueda, en el menor tiempo posible.

La disponibilidad de la información no garantiza procesos de conocimiento, puesto que este requiere de la distancia que hace posible el entendimiento de los hechos, de los acontecimientos. Asistimos al espectáculo de la difusión masiva de imágenes e informaciones, que se alimenta de la impronta del presente; toda información carece de un pasado y una proyección a futuro. En esta medida, el presente requiere del efecto “realidad” que solo puede llamar la atención de las mayorías a través del escándalo que posibilita el lenguaje de la violencia que imprime el miedo a todo lo que se muestra “distinto” al resto.

El diferente, el “otro”, el extraño, se convierte en el objeto del escándalo porque trae consigo la impronta de aquello que genera miedo y temor en las mayorías y que se ve representado en la figura del inmigrante, el pobre, la mujer víctima de todo tipo de violencias, el sufriente, el miembro de la comunidad tribal, el estudiante que levanta su voz ante un mundo que se ha deshumanizado y del que es heredero, el desplazado; rostros que se muestran a través del mosaico de imágenes que han dejado de comunicar la cercanía que nos une a través del sagrado vínculo natural de la igualdad y la dignidad.  Hoy, la demanda que las audiencias hacen a los medios de comunicación trastocan el orden de lo igual para permitir la irrupción del otro, les recuerdan que su deber, por encima de los excesos de libertad a los que se han entregado, es el de visibilizar aquello que hace peligrar el ejercicio de las democracias en el mundo. Sin embargo, de modo creciente en la actualidad, las audiencias demandan de los medios de comunicación el cuestionamiento de lo igual, para permitir la irrupción del otro; y les recuerdan que su deber, por encima de los excesos de libertad a los que se han entregado, es el de visibilizar todo aquello que ponga en peligro el ejercicio de las democracias en el mundo o que niegue la dignidad humana como el valor supremo que enaltece la condición del ser humano.

La demanda cada vez más creciente a los medios de comunicación, y al periodismo en particular, exige el abandono del lenguaje del odio, que niega la diferencia, la otredad, para dar paso a la reconfiguración de un tejido social sobre la base del reconocimiento de los Derechos Humanos, como condición para la resolución democrática y pacífica de los conflictos. Ello requiere procesos de autorregulación, que pongan límites a la práctica y al ejercicio de la comunicación y el periodismo, de modo que estos contribuyan a garantizar el ejercicio de los derechos ciudadanos de los que son portadores todos los individuos por el hecho de ser humanos.

La proliferación de noticias falsas o lo que llaman los expertos posverdad, como escenario de la falsa propaganda, limita la capacidad de acción de hombres y mujeres libres, puesto que el engaño y la mentira corroen la confianza que, por décadas, se ha depositado en los hacedores de opinión que representan el gremio periodístico. La apuesta por el Periodismo de Paz, vincula las buenas prácticas del periodismo a la necesidad de una sociedad que se construye a partir de la configuración de escenarios de paz y reconciliación, a través de acciones colectivas que develan las historias, las dinámicas sociales y los contextos que buscan la atención de los hechos. En el siguiente video se encuentra la definición de posverdad y las implicaciones para el periodismo sujeto a la era digital.

Vídeo 9. ¿Qué es la posverdad?

Fuente: Canal Fundación para el Progreso. (2019, 22 de mayo). Axel Kaiser. ¿Qué es la posverdad? [Video]: https://www.youtube.com/watch?v=bYz4TXbCvG8&feature=emb_logo

4. Conclusiones

 En esta unidad de aprendizaje revisamos el papel del periodismo como cuarto poder, que se ejerce desde la autonomía de la práctica de un contrapoder que garantiza el ejercicio democrático de la ciudadanía de cara a las tres ramas del poder público. A su vez, se señala el rol del contrapoder en la era digital y los riesgos a los que se ve enfrentada la actividad periodística que se desmediatiza día a día, perdiendo su capacidad de representante de la democracia que garantiza la participación de la opinión pública en el espacio público. Por último, se hace referencia al fenómeno de la posverdad y de la proliferación de estrategias que desvirtúan la práctica del periodismo que acentúan el lenguaje del odio y de la violencia, trastocando la representación de mundo que tienen los receptores de la información, sin tener en cuenta la responsabilidad que reviste su función como configurador de realidades sociales.

5. ¡Prueba Tu Conocimiento!

En este espacio podrá reconocer el nivel de conocimiento alcanzado en esta unidad, respondiendo la siguiente pregunta:

Actividad de la Unidad

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